Un país para todos

Salir de la crisis hacia un mejor funcionamiento sistémico octubre 8, 2008

Filed under: Crisis Internacional — unpaisparatodos @ 12:19 pm

Éste es el primero de los tres artículos que mencionábamos en éste post en los cuales Opinión Sur analiza la Crisis Internacional:

La crisis internacional que estamos atravesando expresa graves fallas sistémicas en la forma de funcionar de los países centrales. Es el corazón del sistema global el que está fallando y procura protección para no ser arrollado por las mismas fuerzas que ayudó a desatar. Lo acontecido aparece como un tsunami financiero creado no por la naturaleza sino por la forma como hemos decidido organizarnos y funcionar. Sin embargo no vale engañarnos: hay otras causas estructurales adicionales más allá de las financieras.

Necesitamos reflexionar y revisar conceptos aún aquellos más consagrados; reconocer la realidad de los procesos en curso y apartarnos de predicamentos dogmáticos. Es hora de revisar a fondo el “contrato global” reconociendo la lógica que lo sustenta y los efectos no previstos de su forma de funcionar. Aún cuando hay mucho por transformar y ajustar también existen activos que vale preservar; no ayuda arrojarse de un extremo al otro del péndulo.

Para comprender plenamente lo sucedido es necesario considerar las externalidades no deseadas del presente sistema económico mundial; reconocer cómo se han generado, ver cómo abatirlas y evitar que puedan reproducirse. Las externalidades no deseadas están presentes en la crisis sistémica y también en la eventual transición hacia un mejor funcionamiento sistémico; condicionarán los nuevos acuerdos requeridos para rediseñar la arquitectura financiera y reorientar la economía real.

La pata financiera de la crisis

Pareciera que la crisis es de origen financiero y que si se reformase el sistema financiero la crisis retrocedería hasta desaparecer. Esta es una verdad a medias. Es cierto que el sistema financiero se salió de madre, se alejó peligrosamente de la economía real hasta creerse la locomotora y el piloto de la economía global. El movimiento de flujos financieros adquirió una magnitud fenomenal. En tiempo real un click de computadora moviliza mares enteros de recursos de un punto a otro del globo. Los operadores financieros que en un origen tenían puesto un ojo en sus negocios financieros y el otro en la economía real, pusieron luego los dos ojos, sus oídos, su olfato y su intuición en sólo obtener resultados de jugadas financieras cada vez más sofisticadas. Se fueron así distanciando los espacios financieros de sus anclajes en la economía real. La codicia y el facilismo, el ganar el milésimo que multiplicado por miles de millones conformaron fortunas instantáneas, se sumaron a los factores que encaminan el proceso en dirección al abismo.

Los reguladores, por su parte, no supieron o quisieron cumplir su papel de control y de alerta; primó la creencia que el mercado podía autoregularse y que si llegara a acontecer un desborde surgirían endógenamente los mecanismos correctivos. Pero el mercado se desbordó y no aparecieron mecanismos correctores sino de la mano de la autoridad política y con altísimos costos sistémicos.

El desbocado sistema financiero deviene una de las causas estructurales de la crisis pero su génesis e implosión están asociadas a otro crítico rasgo estructural de la forma de funcionar de los mercados: los extendidos procesos de concentración de ingresos y de riqueza, tanto entre países como al interior de cada país.

Aquel desestimado proceso de concentración de la riqueza

a. Entre países

Las abismales diferencias económicas entre países generan todo tipo de antagonismos, conflictos que sufren quienes compiten con desventaja, imposiciones sustentadas en diferencias de poder, reacciones virulentas, represión, castigos, corrientes demográficas no deseadas, homogeneización del pensamiento con epicentro en los países centrales que limita la capacidad de apreciar diferencias y empobrece las respuestas.

El proceso de concentración internacional de la riqueza genera mercados sobresaturados de consumo conspicuo y mercados empobrecidos con bajos niveles de satisfacción de las necesidades básicas de su población. Entre esos polos aparecen países intermedios con una diversidad de niveles de vida y de consumo. Cuando al interior de los países centrales se producen serios estrangulamientos por una oferta productiva que no cesa de crecer y que depende para sostener ese crecimiento de una demanda que no acompaña porque está fuertemente concentrada, el funcionamiento sistémico bracea en búsqueda de soluciones coyunturales que le permitan proseguir con su estructura intacta. Ese tipo de soluciones que facilitan el acceso al consumo pero no a los ingresos (implicaría tocar la estructura distributiva) requieren un sistema financiero que empuje todo lo que pueda los límites de viabilidad del proceso concentrador; actúa como un efímero dique que intenta contener los efectos que se desprenden de la forma sistémica de funcionar.

Mientras esto ocurre en países centrales algunas de las grandes economías emergentes introducen ajustes estructurales que les permiten alcanzar robustas tasas de crecimiento Países como China, India, Brasil y las dinámicas economías del sudeste asiático ocupan posiciones globales preponderantes, acumulando abultados superavits comerciales y financieros. En esa coyuntura, al postergar las economías centrales ajustes sistémicos que pueden resolver sus desbalances estructurales, arriesgan no poder conservar roles de liderazgo global y afectan en el corto o mediano plazo al resto de países.

b. Al interior de los países

Al interior de las economías emergentes las desigualdades derivadas de un proceso concentrador se expresan en una extendida pobreza, una precaria institucionalidad, un débil aparato productivo, frecuentes estrangulamientos externos y en la fragilidad de su mercado interno, factores que actúan desestabilizando el funcionamiento sistémico y generando periódicas crisis de carácter funcional y estructural.

Como se señaló, las economías centrales tienen mayores recursos y pueden contener por un tiempo los efectos negativos de la concentración económica en su propia economía; sin embargo, si ese proceso no es revertido los efectos encuentran de todos modos la forma de expresarse.

La lógica económica hace que, cuando crece sostenidamente la producción y se concentra la riqueza, se produzcan desajustes estructurales. Lo que produce el aparato productivo se orienta, por un lado, a satisfacer a los sectores que se benefician de la concentración pero, como esta demanda es insufiente para absorver el conjunto de la oferta, procura también encontrar mercados en sectores no favorecidos. Aquel segmento de la oferta orientada a los consumidores afluentes no puede crecer sino promoviendo el consumo superfluo; en cambio la oferta orientada al resto de la población depende que puedan establecerse mecanismos que faciliten su consumo más allá de sus posibilidades económicas. El sistema financiero, que es parte esencial del sistema económico, se desarrolla acorde con esas circunstancias y crece explosivamente en base a “soluciones” que logra aportar a ese funcionamiento sistémico de naturaleza concentradora: recicla recursos excedentarios en colocaciones financieras y provee financiamiento para un consumo que con sus propios recursos no podría expresarse en el mercado. Es penoso pero aleccionador seguir los efectos del proceso concentrador que se filtran como lava a través del sistema económico hasta llegar a desembocar explosivamente en una crisis sistémica.

Una peligrosísima combinación de fenómenos

El consumo superfluo es una de las formas que tienen los sectores afluentes de aplicar los recursos que exceden la satisfacción de sus necesidades básicas. Pero no son sólo ellos lo que caen en ese tipo de consumo; también participan los sectores medios y bajos con acceso a financiamiento. A través de una agresiva publicidad el mercado procura constantemente expandir el límite de lo que los diferentes grupos sociales consideran como necesidades básicas, generando artificialmente una insatisfacción casi permanente que deriva en consumo al entrelazarse habilmente con complejos aspectos de ansiedad existencial. La enorme masa de consumo conspicuo tiene efectos sistémicos perversos ya que sostiene un nivel de producción que no se condice con la estructura distributiva prevaleciente (recalentamiento financiero por sobrendeudamiento); además orienta una buena parte del aparato productivo a producir esos bienes o servicios superfluos consagrando una estructura subóptima de asignación de recursos y sumando interesados en sostener el proceso de concentración.

Los recursos excedentarios de los sectores beneficiados por el proceso concentrador se colocan en inversiones financieras o en la economía real que, al madurar, refuerzan la concentración. La aplicación de recursos sigue criterios de rentabilidad y de riesgo; esto es, sea directamente o a través de entidades intermediarias, buscan colocaciones que aseguren la mayor rentabilidad posible dado un cierto nivel de riesgo aceptado. Estos criterios de riesgo y rentabilidad no están en general asociados con otros de impacto social y ambiental de la inversión[1], lo cual evidencia que no existe aún un mecanismo sistémico capaz de asegurar el mejor uso global de los ahorros disponibles. Como cada opción de colocación de recursos compite con otras, se da una pugna por atraerlos. Parte de esa pugna es legítima y se basa en aprovechar innovaciones y en ser más eficientes que la competencia; pero otra parte es ilegítima y se sustenta en (a) maximizar retornos en base a información privilegiada, a posiciones monopólicas, a lucrar con corrupción, sistemas delictivos, explotación de fuerza de trabajo, destrucción del medio ambiente, conflictos bélicos, etc, y (b) en esconder los riesgos y responsabilidades a través de complejas operaciones y cadenas de intermediación y derivación.

Como se señaló, el proceso concentrador genera también una brecha entre la demanda efectiva de sectores poblacionales medios y bajos y la oferta de bienes y servicios a ellos dirigida. La forma sistémicamente más apropiada de cerrar esta brecha estructural sería desmontando el proceso concentrador y facilitando el desarrollo de una demanda genuina sustentanda en sus propios recursos. Cuando esto no sucede y el crecimiento del aparato productivo exige la contraparte de una demanda que no logra acompañarlo a una tasa semejante, se crean condiciones para que el sistema financiero busque expandir esa demanda más allá de su capacidad de pago. De ahí a generar el sobrendeudamiento de los consumidores hay un solo paso; la burbuja de hipotecas subprime es quizás el más dramático pero no el único ejemplo de este proceso perverso.

La conjunción entonces de un proceso estructural de concentración de la riqueza que se refuerza a sí mismo, la consecuente expansión tanto del consumo conspicuo como del sobrendeudamiento de consumidores de rentas medias y bajas, sumado a un segmento del sistema financiero que, con sofisticada codicia, sostiene articialmente la situación más allá de los duros límites impuestos por el funcionamiento concentrador, explican la lógica que conduce a la crisis. Por cierto que las trayectorias específicas hacia la crisis son mediatizadas por circunstancias históricas e institucionales que difieren de lugar en lugar.

La emergencia y la salida de la crisis

Se repite una y otra vez que cuando se incendia tu casa lo primero que hay que hacer es apagar el fuego. La alegoría tiene su trampa porque sugiere que lo único que es posible hacer en una emergencia es atacar como mejor se pueda el fuego destructor; más tarde habría tiempo para descubrir su origen y reconstruir lo que fuese necesario reconstruir. Pero ocurre que cuando lo que se descalabra es un sistema, las imprescindibles medidas de emergencia debieran plantearse junto con rápidos ajustes en el funcionamiento de ese sistema so pena de apagar apenas un foco de incendio para que otros emerjan en lugares y momentos inesperados. En definitiva, lo que se quiere explicitar es que las necesarias medidas de emergencia debieran traer en su seno el germen de los ajustes sistémicos.

Ocurre que no hay una sóla forma de encarar una emergencia sistémica y la peor de todas es aquella que permitiese recomponer el funcionamiento sistémico tal cual era antes de entrar en cortocircuito y desbarrancarse. En próximas entregas de Opinión Sur procuraremos precisar algunas de las características de una salida a la crisis que fuese capaz de ir configurando un más justo y eficaz funcionamiento sistémico.


[1] Felizmente existe una creciente corriente de inversores, significativa pero minoritaria si la comparamos con los astronómicos movimientos financieros contemporáneos, que ponderan sus opciones de inversión con criterios sociales y ambientales

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2 Responses to “Salir de la crisis hacia un mejor funcionamiento sistémico”

  1. Juan Eugenio Corradi Says:

    Muy de acuerdo con el tenor general del articulo. Una cosa es la crisis inmediata que requiere soluciones rapidas y “desprolijas”, y la otra es encarar los desajustes estructurales mas profundos. El problema mas profundo es que todos los modelos economicos estan basados en una premisa obsoleta: el crecimiento indefinido. No es sostenible, como no lo es el crecimiento incontrolado de un tumor en el cuerpo que lo hospeda. Hasta ahora la ciencia economica guarda silencio sobre este tema, porque no tiene herramientas para afrontarlo. No se puede crecer indefinidamente en un planeta finito, ni demografica ni economicamente. Pensar la alternativa es el gran desafio del siglo 21.

  2. Juan Eugenio Corradi Says:

    Otra idea sobre la “socializacion de las perdidas” y las salidas de la crisis inmediata. En 1990 Suecia enfrento una crisis financiera parecida a la de EEUU en el 2008 (salvo que no paso de sus fronteras entonces). Las intervencion del gobierno fuye, como ahora, necesaria. Pero la analogia termina alli. Las culturas y los sistemas son muy distintos. Lo resumo asi: en 1990, en Suecia, el gobierno se hizo cargo de los bancos. En 2008, en los EEUU, los bancos se hacen cargo del gobierno.


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