Un país para todos

En guerra enero 13, 2009

Filed under: Crisis Internacional,Uncategorized — unpaisparatodos @ 4:01 pm

Reza la canción infantil: “Mambrú(1) se fue a la guerra ¡qué dolor, qué dolor, qué pena! Mambrú se fue a la guerra. No sé cuándo vendrá. Do-re-mi, do-re-fa No sé cuando vendrá”. ¿Pero a qué guerra va Mambrú en estos tiempos? Es una guerra nueva y desdibujada, que con frecuencia parece rechazar su nombre. Estas notas se proponen aclarar el panorama y espiar un poco el futuro.

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Cuando Al Qaeda atacó a los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, alcanzó dos de los tres blancos que presumiblemente se había propuesto: las torres gemelas de Wall Street y el Pentágono (apuntó también posiblemente al Congreso o a la Casa Blanca). Al hacerlo, sin embargo, la organización terrorista no-estatal no afectó ni al músculo ni al nervio del estado mas poderoso del mundo, sino hizo blanco en los símbolos y en los tejidos del imaginario social. Como dijo Michel Foucault hace muchos años, el poder no reside en instituciones con domicilio fijo, sino en redes y relaciones. La organización logró, eso sí, sorprender al mundo con un golpe de publicidad sangriento y espectacular, y logró provocar al gran país a que declarara la “guerra al terror” –expresión que distorsiona el sentido de la palabra “guerra” hasta hacerla irreconocible.

Cegados por ese ataque sorpresivo, los EE. UU. reaccionaron como el gigante Polifemo en la Odisea, cuando el astuto Ulises y su tripulación lo hirieron con una estaca ardiente en su único ojo y escaparon de la cueva donde los había encerrado. Los EE.UU.

se lanzaron a una guerra convencional y electiva contra un enemigo equivocado: una potencia de tercera categoría, destartalada, que se volvió con bastante rapidez un sitio anárquico de violencias no convencionales, desgastantes, y prolongadas. Mal preparada para tal circunstancia, la coalición que ocupó Irak, liderada por los Estados Unidos, cometió un error tras otro, hasta que al fin de cuentas, el poder militar mas impresionante de la historia puso en graves dificultades a sus propias fuerzas armadas, perdió prestigio en el ámbito internacional, y drenó al tesoro con gastos descomunales. Una rotación de tropas que sumó varios cientos de miles de soldados, una guerra electrónica súper sofisticada con tecnología espacial, aviones sin piloto, municiones “inteligentes” de alta precisión, y un presupuesto de mas de 400 millardos de dólares no han podido neutralizar a veinte o treinta mil insurgentes armados con armas sencillas o improvisadas, que hasta la fecha deciden dónde y cuándo van a atacar.

El atentado del 11 de septiembre y su secuela –especialmente el fiasco del ataque a Irak—hizo patente una nueva realidad, de la que ya se habían dado cuenta algunos estados mayores, y sobre todo los analistas e historiadores militares, pero que había permanecido oculta para el público general en las sociedades ricas. Las nociones clásicas de estrategia que se enseñaban en las escuelas de guerra no se adecuaban a los conflictos del siglo veintiuno.

La guerra, tal como se la conoce desde 1648 (la paz de Westfalia) hasta 1945 (fin de la Segunda Guerra Mundial), es cada vez mas una institución obsolescente. Otros mas capaces que yo han analizado esta evolución, o mejor dicho, involución hasta el límite de su virtual extinción.(2) Como sucede con frecuencia en el caso de instituciones declinantes, la involución de la guerra va acompañada del uso abusivo y extenso del vocablo para cubrir metafóricamente fenómenos muy distintos. Hemos tenido guerras contra las drogas, guerras contra la pobreza , y por supuesto, la guerra contra el terror. No me extrañaría si dentro de poco añadimos al menú de guerres du jour una guerra contra la depresión económica. La guerra es cada vez mas espejismo y metáfora. Los enemigos son los molinos de viento de Don Quijote.

Pero mientras avanza la erosión institucional de la guerra, los países tanto desarrollados como en vías de desarrollo insisten en seguir adquiriendo armamentos que son exquisitos, carísimos, y por lo general inútiles, y en mantener tropas de lujo cuya función principal en los llamados “conflictos de baja intensidad” que se multiplican por el mundo, es hacer el papel de observadores y “garantes de paz”. Estos “garantes” son impotentes frente a las guerras civiles, insurgencias, limpiezas étnicas, y genocidios que se producen en los arrabales del planeta, es decir en lugares que podemos calificar de ex-países, proto-países, y seudo-países. Los militares de misiones internacionales observan cómo los civiles son masacrados en sitios de miseria y dolor.

Actores no estatales luchan entre si y contra estados organizados. Como las ciudades de Buenos Aires, Nueva York, Madrid, Londres y Mumbai saben muy bien, estos agentes ya no se conforman con quedarse fuera de los portones de la “civilización”. Como otras redes de actores mas benignos, tales como las multinacionales Nestle o Mitsubishi, ellos tampoco respetan fronteras, ni hacen distinciones precisas entre militares y civiles, ni los detienen símbolos trascendentes.

Existe por lo tanto una desconexión grave entre los nuevos desafíos de conflictos y violencias por un lado y las respuestas y reacciones convencionales por el otro. La mayoría de las instituciones militares permanecen adheridas a la realidad y a las ideas de antaño. Mientras tanto, conflictos violentos de otro tipo se multiplican como gusanos en el cuerpo de estados y naciones en descomposición. ¿Merecen el calificativo de “guerra”? Soy reacio a utilizar el concepto cuando sabemos que ha sido abusado una y mil veces. Sin embargo, podemos usarlo si tenemos en mente por lo menos los siguientes rasgos definitorios de este nuevo tipo de conflicto armado: (1) es violencia organizada y perpetrada por agentes no estatales, (2) que borra la distinción entre lo civil y lo militar, (3) es global (desconoce limites físicos o simbólicos), y (4) es mas expresiva que instrumental (mas un fin que un medio de la acción). Ante esta realidad, el mundo de la Realpolitik, es decir, del conjunto de estados-naciones que reclaman para si el monopolio legitimo de la violencia en territorios bien delimitados, y que luchan por los que consideran sus intereses propios, tendrá que adaptarse rápidamente y en forma adecuada, o se volverá irrelevante. Es fácil decirlo pero muy difícil hacerlo. Los viejos aparatos subsisten: los complejos industriales y militares son difíciles de reformar y dirigir hacia nuevas metas. Sobre todo, resulta difícil cambiar la mentalidad cultivada a lo largo de siglos de construcción minuciosa de estados organizados.

Y sin embargo, con la crisis económica internacional se abre una ventana para las reformas en materia militar. Después de numerosos años de crecimiento descontrolado del gasto militar convencional, con presupuestos abultados, no sólo en la superpotencia supérstite, sino también en las potencias emergentes, tanto en China como en la Rusia resurgente, igual que en distintos poderes regionales (Brasil, India, Irán) cuyas ambiciones militares han sido alimentadas por las regalías de petróleo y otras commodities, la abrupta caída en sus perspectivas de crecimiento sostenido va a tener un efecto neto negativo en la adquisición de armamentos caros e inútiles. Sólo en los Estados Unidos el presupuesto anual de base para operaciones regulares ha llegado al medio trillón de dólares –el mas alto desde la Segunda Guerra Mundial. Y este presupuesto operacional excluye la inversión en armas nuevas. Ya no se trata de saber si tales gastos van a hacer quebrar el presupuesto, sino saber cómo mantener el gasto después de la quiebra. Y detrás de estas cuestiones asoma la mayor cuestión de todas: ¿Cuál será el papel de los preparativos bélicos en los grandes programas de obras públicas que se impondrán en un futuro cercano para desempantanar la economía?

En los diferentes servicios armados de varios países, a puerta cerrada hay frecuentes reuniones en las que se discute qué programas y qué armamentos habrá que eliminar. Es un momento de rara sinceridad en los mandos, y la discusión se desliza con frecuencia al tema de la verdadera naturaleza de la guerra en este siglo. No hay nada mejor que una crisis fenomenal para avivar el seso estratégico. Mas allá del dilema de cortar gastos aquí o allí, el tema importante es cómo diseñar de nuevo todo el esfuerzo, para que el aparato militar se vuelva mas racional y útil y menos inerte e ineficaz como hasta ahora.

Por el momento, los candidatos mas probables a la eliminación son los mas caros, es decir, los armamentos súper sofisticados que hoy son el orgullo teórico de una superpotencia. En mi opinión ésta es una buena noticia. Los sistemas de armamentos actuales son para nuestra sociedad lo que las pirámides fueron para los antiguos egipcios –ambos esfuerzos demenciales, con la diferencia de que las pirámides fueron hechas para durar, y los armamentos se vuelven obsoletos antes de su producción, para ser reemplazados por otros mas costosos y absurdos aun. En los Estados Unidos, los gastos imprevistos de estos armamentos suman cientos de millardos. En medio de la crisis actual, el Congreso norteamericano ha reaccionado con un mayor control y fiscalia del gasto, y con varias decisiones (sin duda dolorosas para muchos parlamentarios “comprados”) de eliminar sistemas de combate avanzado, y joyas del arsenal tales como el Joint Strike Fighter (un avión de caza maravilloso) de la Fuerza Aérea norteamericana. Se suman a la lista de pertrechos abortados los nuevos destructores de la Marina, y también el sistema de defensa anti-misiles que ha producido tantos roces entre los Estados Unidos de Bush y la Rusia de Putin. Ha llegado el momento de preguntarse para qué sirven esos juguetes mortíferos, que languidecen en los hangares por falta de auténticos enemigos.

El otro rubro de gastos militares enormes –bonitamente puesto afuera del presupuesto oficial por el presidente Bush—es el gasto “suplementario” que insumen las dos guerras simultáneas de Irak y Afganistán, que corre a la velocidad de cien millardos por año. El tema central de estas dos guerras es el hecho de que, a pesar de los cuantiosos recursos dedicados a ellas, no han ni remotamente logrado algo que pueda llamarse una “victoria” para las fuerzas expedicionarias. Contrariamente a los políticos caseros, ningún oficial responsable en el teatro de operaciones se atreve a usar esa palabra. La asimetría entre el gasto descomunal y el pobrísimo resultado los hace pensar dos veces acerca del propósito, la función y el sentido mismo de la guerra, tal como la hemos conocido a lo largo de los últimos 300 años. En resumen, ni la alta tecnología en el espacio, ni las botas en el terreno logran hacer lo que deberían hacer.

¿Qué hacer entonces? Lo primero es reconocer que los desafíos de hoy son de una complejidad inusual: son un rompecabezas de violencias pre-modernas y de redes post-modernas. Lo segundo es reconocer que todos los establecimientos militares, y sobre todo el de la superpotencia norteamericana, no están bien equipados para afrontarlos. El Pentágono no tiene tropas suficientes para quedarse en Irak y proseguir la guerra en Afganistán al mismo tiempo, sin hablar de otras crisis en otros lugares del planeta donde quisiera intervenir. Si 685 mil millones de dólares (el presupuesto militar del 2008) non pueden lograrlo, ¿qué lo va a lograr? Convencer a otros países –aliados efectivos o en potencia—que “pongan el hombro” no servirá de mucho, dado que todos los presupuestos de esos países, sumados, no alcanzan a igualar el presupuesto militar norteamericano. ¿Para qué seguir alimentando a un dinosaurio?

El problema no son los recursos sino el diseño. Por lo tanto, la tercer tarea consiste en reconstruir y dar nueva forma a la institución militar para afrontar a la disparidad de desafíos y peligros que mutan continuamente como si fuesen retrovirus. Como sostuvo el sociólogo alemán Ulrico Beck, somos parte de una sociedad global de riesgo mas que de un sistema de estados.(3) Este último no ha desaparecido pero está mutando también, con la aparición de potencias regionales como China, Rusia, India, Irán y Brasil, con la inestabilidad de otros estados como Paquistan y Corea del Norte (cuya importancia se debe a su armamento atómico limitado), y por último con la multiplicación de estados fallidos o falentes. Los Estados Unidos y la OTAN necesitan de una estrategia para contener, co-optar, e intimidar a estos estados menores pero significativos. Guerras convencionales, inclusive una guerra regional nuclear, pueden muy bien ocurrir en el borde geopolítico(4) del supérstite pero inestable sistema de estados. En esta línea geopolítica de fuego, la contención y la prevención son mucho mas importantes que el enfrentamiento directo (error fundamental de la doctrina de Bush). La principal lección de Irak es que una intervención militar electiva e inicialmente fácil se transforma rápidamente en una pesadilla estratégica, porque provoca nuevos desafíos: insurgencias y anarquías en las que la probabilidad de “ganar” es baja. Por otra parte, guerras “preventivas” de este tipo sientan un peligroso precedente, ya que inspiran a otros estados a actuar de la misma manera, lo que significa jugar a una guerra del fin del mundo. Irak enseña que la destrucción de un estado por parte de una súper potencia, seguido por una ineficaz campaña de reconstrucción nacional (caricatura del Plan Marshall) significa poner al carro delante del caballo. La única opción en este caso es una retirada lo mas ordenada posible, acompañada de un fino esfuerzo diplomático. Aunque parezca paradójico, a esta retirada seguirá una reforma y un aumento de las fuerzas armadas de los Estados Unidos y sus aliados.

El desafío principal es de un orden diferente. Este desafío aparece en las grietas del sistema de estados y no hace mas que crecer. No es nuevo, pero ha adquirido una significación nueva. Varios son los rótulos que se le aplican: guerra irregular, insurgencia, o la confusa y consabida palabra “terror”. Aquí reina la confusión. Como señala el historiador israelí Martin Van Creveld, los manuales de contrainsurgencia llenan los anaqueles de toda una biblioteca, pero se puede descartar la mayoría de ellos, ya que han sido escritos por los perdedores. Hasta el momento no hay una receta mágica que provenga de los escasísimos casos de “triunfo” contra las insurgencias desde 1945 hasta la fecha, ya que cada uno de esos pocos casos es distinto y pertenece a un contexto único. No permiten generalización alguna. Peor aun, las pocas “lecciones” de contrainsurgencia exitosa van de un extremo al otro del espectro –desde la paciente reconciliación hasta la supresión brutal. Queda en claro una cosa: este tipo de guerra requiere minuciosa paciencia, mucha información y análisis inteligente, operaciones de policía mas que de ejército, y un conocimiento sociológico o antropológico antes que una serie de cañonazos. El pensamiento estratégico en estos casos es mas cercano de Sun Tzu que de Clausewitz.

En el futuro próximo veremos la interpenetración de programas militares y civiles, la militarización de la ayuda externa y de asistencia en la reducción de la pobreza –en palabras del actual presidente del Banco Mundial, “aunando seguridad y desarrollo”. Con la crisis financiera y la recesión profunda que le sigue, la seguridad nacional e internacional será el manto justificatorio de vastos programas de obras públicas que se pondrán en ejecución en 2009. Así como los preparativos bélicos fueron los programas de obras públicas que finalmente sacaron a los Estados Unidos de la Gran Depresión de los años treinta, nuevos programas de seguridad en otras materias (la bélica mas la ambiental y la energética) sacarán a la actual economía mundial del pantano. Pero no será esta vez la producción industrial masiva ni una guerra mundial entre titanes lo que ha de movilizar a millones. No habrá una producción anual de cien mil aviones de combate (sólo en los Estados Unidos) como en la Segunda Guerra Mundial, sino una movilización de otro tipo, destinada a desarmar conflictos civiles, a reducir la extrema pobreza, y a sostener algunos estados desfallecientes. El futuro Pentágono se parecerá mas a una agencia de desarrollo, y las ONGs tendrán un componente de seguridad internacional. Miles de expertos y voluntarios encontrarán empleo en la contención de guerras no convencionales. Entre ellos encontraremos médicos, sociólogos, antropólogos, economistas, expertos en administración, desarrolladoras de negocios, y otro personal terciario. Habrá un nuevo civismo en las fuerzas armadas y ejércitos de civiles voluntarios en materia de seguridad y desarrollo sostenido, como el ya existente Cuerpo Civil de Reserva en los Estados Unidos.

El nuevo Pentágono y sus pares en otras regiones se ocuparán menos de mantener sus juguetes clásicos de guerra (submarinos de caza, aviones de combate súper dotados, sistemas anti-misiles, etc.) y se ocuparán mucho mas de la defensa costera, del transporte, y de la capacidad de mover personal de un rincón a otro del planeta para afrontar emergencias civiles y naturales. Las grandes naciones tomarán el liderazgo, pero muchas otras las seguirán también, incluyendo unas Naciones Unidas mucho mas ágiles que la organización actual que conocemos. Los nortemaricanos proveerán el grueso del esfuerzo, y otros países contribuirán con especialidades mas puntuales.

La guerra, con sus diferentes disfraces, nos acompañará hasta el fin de los tiempos, entre otras causas porque es un tipo de interacción humana extrema que suscita un lamentable pero insustituible entusiasmo. Pero su carácter ha cambiado. La guerra “trinitaria” (5) clásica ha muerto; las guerras de titanes han perimido. Queda la posibilidad de guerras ocasionales menores de corte clásico, la posibilidad mucho mas seria de una u otra guerra nuclear regional, muchas insurrecciones en estados fracasados, y finalmente, la ubicua aparición de ataques fanáticos o nihilistas, propuestos por redes de organizaciones civiles no estatales entre sí y contra estados organizados, de acuerdo con oportunidades cambiantes. Para las poblaciones de lugares “ordenados” el precio a pagar será el de una mayor y severa vigilancia (paradójicamente, a mayor desarrollo mayor vigilancia). Bajo estas caretas el espectro de la guerra seguirá amenazando a la humanidad, al igual que su eterno doble y contrario –la esperanza esquiva de la paz.

La paz no tiene héroes; con frecuencia produce mártires. El sentido original de esta palabra griega (μάρτυς) se ubica en el polo opuesto al combate: significa no portar armas, sino portar testimonio. Fue así que muchas figuras carismáticas que pregonaron la paz tuvieron un fin violento. La crueldad de su martirio ha preservado su memoria. Los movimientos sociales de sus seguidores han interpretado la tragedia de esos lideres de paz como un supremo sacrificio. Pero la santificación por la sangre hace que esas mismas figuras alcancen el otro extremo y se den la mano con su Némesis: los guerreros.


Notas: 1-Referencia burlona al primer duque de Marlborough (John Churchill), guerrero británico del siglo dieciocho, que combatió contra Francia por la sucesión española. 2- En particular Martin Van Creveld, The Changing Face of War. Lessons of Combat, from the Marne to Iraq, New York: Presidio Press, 2006. 3- Ulrich Beck, Risk Society, Towards a New Modernity. Trans. from the German by Mark Ritter, and with an Introduction by Scott Lash and Brian Wynne. London: Sage Publications, 1992 [originalmente publ. en 1986]. 4-Se trata de la línea costera que bordea la masa euro-asiática, zona que ha sido objeto de debate entre los grandes pensadores de la geopolítica clásica, como Mackinder y Spykman. 5- Tal como la definen von Clausewitz y Van Creveld.

Juan Eugenio Corradi

 

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