Un país para todos

Títeres y titiriteros: el horrible encanto de engañar a los jóvenes junio 11, 2009

Filed under: Uncategorized — unpaisparatodos @ 2:39 pm

Cada nueva generación de muchachos y muchachas emerge en el mundo que le toca en suerte. Llegan con la potencialidad de la frescura, del coraje aún no chamuscado, del talento de sus jóvenes neuronas y vocaciones, con la determinación de los riesgos no medidos.titeres

Los hemos generado pero no nos pertenecen. Los hemos educado como supimos o pudimos pero está escrito que escogerán sus senderos. Quisimos cargar en sus mochilas todo lo que consideramos indispensable para una travesía que apenas imaginamos.

Les llovió la tecnología que produjimos y que hoy nos están enseñando a operar. Les dijimos del sentido de los días, de aquel elusivo sentido que se esfuma en un paso y se reafirma en otro, que apacigua sin notarlo la inacabable sed de transitar y de conocer sólo lo nuevo. Quizás escucharon pero no había madurez para entender. Y allí salieron.

Al doblar la esquina se toparon con una sorpresiva libertad en un barrio no protegido, tal como nos pasó a nosotros; sólo que esta vez los engaños fueron otros y los titiriteros diferentes.

Arrancaron con el empujón del que acaba de descascarar su envoltorio familiar; como siempre sucedió (¿lo recordamos?). Salieron disparados con sus propias angustias y temores, con sus lastimaduras y abandonos, con su celular y sus mensajes de texto, conectados por su ombligo a Internet, apurados, impacientes con nuestra impaciencia. Saltaron ágilmente alambrados que otrora costaba esfuerzo dejar atrás. Sin transición se encontraron en campo abierto. Respirando trasnochadas fuera de control, húmedos de adrenalina, vulnerables a los riesgos. Los titiriteros los cazaron sin problema; siempre fueron los tiernos pasto fácil para los depredadores de la pradera.

Les mostraron montañas digitales y les dijeron que había arriba picos. Y como quisieron probar les proveyeron de alturas encapsuladas ¿Pasarla bomba? Aquí va impostura instantánea. ¿Querés la manada? Con esto te incorporas a tu gusto. ¿Necesitás más, hoy, mañana, los fines de semana? Tomá, aspirá, chupá. ¿Descubriste tu nuevo cuerpo que ya no es de niño o niña y no sabés cómo usarlo? Destapate, mostrá y vamos al rodeo; que allí no tenés que pedir permiso.

No se requiere autorización para deambular la pradera; tan sólo poses, estirar la mano y aspirar compulsivamente a ser rápidamente feliz. ¿Para qué esforzarse? ¿A qué imbécil se le habrá ocurrido beatificar el esfuerzo? Si todo se acomoda con la merca, el fernet y abrazarnos con los amigos que creemos de hierro porque dicen que nos acompañarán en todo, en todas y para siempre. Desconocen las agachadas de la calle, los olvidos de los grupos, la indiferencia de la manada, el manoseo de los titiriteros.

Están rodeados de facilismo e inmediatez ¿Por qué posponer un placer si tenemos hedonismo a la carta, empaquetado en sobrecitos o para tragar en sorbos de siglo y medio? Ahora es la consigna. Como el café instantáneo, como la comunicación instantánea, como la relación instantánea, como el desnudo instantáneo. Te desbocás a gusto, te sentís más adulto que los estúpidos adultos, y te pasás la noche esperando el alba mientras los boludos duermen. Después regresás arrastrando los pies a tu casa, trasnochado a morir, creyéndote feliz aunque ya, a pesar de lo que ingeriste y chupaste, algo adentro te va diciendo que no es suficiente, que sos todo poroso, que tendrás que recargar porque perdiste en minutos lo que cargaste en horas. ¿Y de donde vendrá ese cosquilleo de insatisfacción que te acompaña a todos lados si te estás divirtiendo a lo loco? (¿o no es así?), si tranzaste con uno cualquiera (¿no era lo que querías?), si tragaste riesgo y se te desarrugó tu corazoncito por unas horas (no me rompan con el dolor del alma).

Quise entender y pregunté1. Me dijeron que sólo en la manada y con los suplementos se aplaca la soledad, la apatía, los vacíos. Los demás lo ven pasar desde la platea pero no lo sienten. Es que son sacudones fuertes los que alquilan y no hay perspectiva de otro rumbo ni de la futilidad de éste. Vale más amordazar el desconcierto y tomar prestada la carcajada de los demás; porque si lloro o no entiendo soy un pibe que nadie toma en serio. Sabés que las cosas que te pueden hacer mierda están en tu mano (sus palabras) y que nadie te puede “atajar” porque los padres ni se enteran. Si se enterasen demasiado pronto, chau joda, pero tardan en caer y cuando se asoman ya está instalada la nueva cultura y los argumentos para defenderla y justificarla. El fuego de hoy quema más.

Los titiriteros danzan como si estuviesen coordinados; lucran con el engaño y marchitan muchachadas. Tiran la piedra y esconden la mano. Algunos lo logran. Son los jefes de la merca y sus cómplices protectores; son los diseminadores culturales del despropósito, del vacío, del mensaje engañoso de algunas publicidades; son quienes desde los medios de comunicación instalan la “normalidad” paralizante, los desvíos y cantos de sirena que raptan el imaginario juvenil y consagran la trasgresión y alienación.

El trabajo sucio lo hacen los “dealers” barriales; los boliches que ponen el tablado; los kioscos de cada esquina que camuflan el alcohol y venden lo prohibido a los menores. Lo hacen los padres que condonan, que no acompañan, que no están o están azorados.

Escribe el reportero: “Hace cuatro o cinco años la pasta base que antes era un mero desecho químico de la cocaína, se transformó en una mercancía de primer orden y se masificó en las zonas marginales. (…) A sus consumidores primero los pone eufóricos y luego fisurados; no tarda en volverlos adictos. Rápidamente entran en una fase de alucinaciones, paranoias y agresiones salvajes. Se los conoce como los muertos vivos. Son como vampiros de un elixir que se mezcla con viruta de metal y ceniza, que se arma con latas agujereadas y que conduce a la muerte cerebral en seis meses. La latita los vuelve erráticos y violentos, y la desesperación por conseguir dinero, en asesinos voraces”2 Cierra su nota imaginando al párroco de la calle de la muerte caminando los pasillos de su laberinto y concluye simple, desde el corazón atenazado: “Qué cura testarudo. No sabe rendirse”.

Cuando cargué todo lo que pude cargar en mi angustia pensé; pensé cómo habremos de salir de este pantano (porque si nos quedamos ahí nos hundiremos más y más); cómo dar la mano a esta maravillosa juventud victimizada. No es posible abandonarlos, no me dan las tripas para eso. Miré para otro lado hasta que pude. Hoy las risas impostadas de los títeres me inundan de tristeza y la sorna de los titiriteros me subleva. Muchachada que quiere convencerse que está en lo máximo; imposible que imaginen las lágrimas del callejón sin retorno. Canallas que lucran con la esperanza.

Pensé planes y acciones sistémicas porque así es como pienso y entiendo, y estoy seguro que los habrá. Después miré mis manos y me pregunté qué hicieron ellas. Reconocí las madres que luchan en los barrios por sus hijos o, cuando los perdieron, por los hijos de los demás; curas, pastores, rabinos de villas y barriadas; movimientos sociales; organizaciones de ayuda; policías honestos y no los otros; fiscales, jueces y funcionarios de verdad y no aquéllos; todas las lágrimas secas. Hay mucho más por hacer. Padres, amigos, otros significativos.

Es el vivir cotidiano el que nos toca abrir aún más para los muchachos. Escucharlos para comprender y no predicar, aprender de ellos para saber ayudar. Siempre duele admitir que también yo debo cambiar, no sólo los pibes; que no puedo más hablarles desde la verdad sino desde una búsqueda conjunta, con sus códigos e imaginarios. Aceptar que cada quien procura labrar su propia identidad, buscar y erguirse por sí mismo.

¿Será que la limpieza la encararán los propios pibes? ¿Sabrán reconstruir sus grupos, alejar la carroña, reconocerse en la penumbra? Sólo esperar no basta. ¿Podrán tomar la ayuda de quienes se juegan con ellos, no hundirse en áreas de mayor riesgo, protegerse de los titiriteros siempre pobres en compasión; resurgir joven y no más títere en pena?

¿Cómo compartir esto con los muchachos y muchachas del barrio, con las víctimas de nuestra aldea global? ¿Cómo recibirlos y ser recibidos? ¿Cómo abrazarnos fuerte, fuerte, bien fuerte? Ojala podamos -como aquel adelantado- ser todo lo testarudos que fuese necesario y que no sepamos rendirnos.

Notas:

i. Mucho agradezco los enriquecedores comentarios ofrecidos por Marina Stern ii.Jorge Fernández Díaz, El párroco de la calle de la muerte, nota publicada en La Nación, Argentina, el 23 de abril de 2009

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One Response to “Títeres y titiriteros: el horrible encanto de engañar a los jóvenes”

  1. Joaquín Says:

    Le escribo para felicitarlo y agradecerle, al mismo tiempo, por su nota de Opinión Sur Joven, donde habla de los titiriteros de la ilusión, esos genios de la sofística. Mucha precisión literaria, mucha realidad, mucho dolor, poco y nada que criticar. Ojalá se difundan sus palabras, y, sobre todo, la conciencia. No será, lógicamente, por arte de magia; hay que
    trabajar. Y en palabaras de Enríquez Ureña: “No es ilusión la utopía, sino el creer que los ideales se construyen sin esfuerzo y sin sacrificio.
    El cambio no será la obra de uno, dos, o tres hombres de genio, sino de
    muchos, de innumerables hombres modestos”.

    Gracias Roberto,
    hasta la próxima.

    Joaquín.


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