Un país para todos

De una manera u otra: la política estadounidense en la encrucijada por Juan Eugenio Corradi noviembre 7, 2016

Filed under: Uncategorized — unpaisparatodos @ 8:52 pm

El sistema bipartidista estadounidense está en quiebra. El Partido Republicano ya no existe—tanto en sustancia como en forma. El partido Demócrata se ha transformado por defecto en el partido del status quo. De una manera u otra, con quien llegue a pasar, la próxima administración será efímera, y podrá tanto prolongar el impasse geopolítico de pax estadounidense como escoltarla hacia un declive abrupto[1].

Conforme la temporada política en Estados Unidos se calienta nos conmina a considerar algunos de los fundamentos de la política estadounidense y su impacto en el mundo. Hay varias características únicas de esta temporada política—algunas de las cuales con implicaciones a largo plazo para las relaciones internacionales. En este artículo las enumeraré. Para evitar las trampas de la predicción, en las cuales todas las ciencias sociales frecuentemente caen, es importante realizar dos cosas: primero, analizar la situación actual bajo la perspectiva de largo plazo de la historia y, segundo, examinar escenarios alternativos para el mediano plazo.

Con la mirada de largo plazo de la historia, para una buena perspectiva permítasenos considerar a la antigua Roma. La Roma republicana dio paso al Imperio cuando las instituciones republicanas y la cultura política republicana no podían lidiar más con los desafíos de la expansión global y las eventuales extralimitaciones. Durante los primeros 500 años, Roma fue una austera y bien organizada república depredadora (justo como Estados Unidos ha sido una democracia rapaz desde su fundación), siempre creciendo; para los segundos 500 años se había transformado en un imperio afluente que llegó a su punto culminante, declinó y colapsó. De los 150 emperadores sólo cinco fueron considerados realmente buenos (por lejos el más atractivo fue Marco Aurelio). Bastante temprano en su fase imperial, Roma logró sobrevivir a algunos locos. Sus payasadas son recordadas hasta hoy. Luego del perverso Calígula, Nerón fue el más errático y corrupto. Focalizo en Nerón sólo por una razón—una que resuena hoy. Él fue cruel y arbitrario. Los romanos suspiraron con alivio tras su muerte, pero uno de ellos notó que algo fundamental había cambiado.

Publius Cornelius Tacitus era un senador romano y un historiador del Imperio y esto es lo que escribió (estoy desempolvando mis antiguos libros de latín de mi escuela secundaria):

Finis Neronis ut laetus primo gaudentium impetu fuerat, ita varios motus animorum non modo in urbe apud patres aut populum aut urbanum militem, sed omnis legiones ducesque conciverat, evulgato imperii arcano posse principem alibi quam Romae fieri. Una traducción al español sería: “Bienvenida como ha sido la muerte de Nerón en la inmediata emoción de todos los que se regocijaron, sin embargo ha levantado no solo volátiles pasiones en la capital entre los senadores, la ciudadanía y los militares de la ciudad; sino también en todas las legiones y sus comandantes: el secreto del poder ha sido revelado, que un emperador puede fabricarse en otra parte fuera de Roma”. Las negritas son mías porque considero que son unas líneas brillantes y perceptivas. Nerón había sido desafiado por gente fuera de Roma y llevado a suicidarse. A partir de allí, los gobernantes romanos frecuentemente provinieron de afuera de la clase dirigente de la capital—principalmente fueron aventureros, especuladores y ambiciosos comandantes militares. No sólo la república sucumbió al imperio, pero el imperio cayó preso de los energúmenos—energéticos forasteros poseídos por un endiablado fervor.

Avancemos rápidamente hasta Donald Trump, el vehemente magnate que ha tomado a Estados Unidos por asalto. Triunfó en orquestar la adquisición hostil de un partido díscolo—el Antiguo Gran Partido (GOP por sus siglas en inglés) de Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt y Dwight Eisenhower. El Partido Republicano se lo merecía desde hacía tiempo, habiendo mostrado mayor habilidad para impedir el gobierno que para gobernar propiamente dicho. Durante las últimas elecciones primarias presidenciales presentó a demasiados candidatos débiles, defensores de intereses creados pero que simulaban dar voz a grupos sociales que la globalización liberal había marginalizado, en particular a la clase media en decadencia y muy especialmente a los varones blancos cristianos. Estos aspirantes presidenciales solo lograron ridiculizarse unos a otros y finalmente allanaron el camino para un forastero más genuino: un magnate de bienes raíces que no necesitaba auspiciantes para financiar su campaña y quien estaba dispuesto a dar voz estridente a la resentida pequeña burguesía. De hecho, el principal soporte de Trump consiste en el lamento de un grupo al cual la historia está por arrasar. Trump ha logrado transformar un partido establecido (hoy destruido) en un movimiento con una relativamente estrecha pero extremista base social: supremacistas blancos, xenófobos, nativistas, nacionalistas y aislacionistas. Con esta base, él busca asaltar la presidencia como ha asaltado al GOP. Manteniéndose los demás factores idénticos, no es probable que gane. ¿Pero se mantendrán los demás factores idénticos? Carece de un centro organizacional con experiencia, de aliados y patrocinadores poderosos y del apoyo de considerables elites. Pero un gran escándalo entre los Demócratas, un evento catastrófico en suelo estadounidense, o el estallido severo de una guerra abierta en algún punto caliente del mundo, cambiaría el panorama a su favor. Incluso si, y cuando, él fallase, el daño ya estaría hecho.

Como en Roma luego de la muerte de Nerón, en Estados Unidos de América el secreto del poder ha sido develado, que un presidente puede ser fabricado en otra parte más allá de Washington, por un hombre suficientemente audaz o por una banda de energúmenos subidos a la ola del miedo y descontento populares para con las elites e instituciones existentes. La historia no se repite a sí misma, pero rima (Mark Twain). Adolf Hitler erró miserablemente en su primer intento de tomar el poder (el Putsch de la Cervecería de 1923). Pero 10 años después, bajo circunstancias más nefastas para la República Alemana, él triunfó, esta vez dentro de los límites de los procedimientos políticos establecidos y con el acompañamiento de las masas.

De una forma u otra, como en la Roma post-republicana o en la Alemania post-republicana, así también en los Estados Unidos post-republicanos: La apuesta está hecha para los romanos, la pelota está en juego para los alemanes y para nosotros … ¡los dados aún están en el aire! El tempo de la historia se ha acelerado. Lo que llevó 500 años para que la pax romana se esfumase, ahora podría llevar solamente 50 para que la pax estadounidense haga lo mismo.

De una forma u otra, del lado Republicano, si Donald Trump es derrotado, el GOP puede ser derribado con él y perder el control de todo, o al menos de la mitad, del Congreso. Podría llegar a ser su peor derrota electoral desde 1964, cuando Barry Goldwater perdió ante Lyndon B. Johnson. Hay incluso un escenario peor para el GOP: si Donald Trump gana en Noviembre, el partido tendrá que vivir con sus desastrosas políticas por cuatro años y cargar con este lastre para siempre. Trump hará de los Estados Unidos un país más pequeño y mezquino. De una forma u otra, el Partido Republicano así como lo conocemos está muerto.

El otro polo del andrajoso sistema bipartidista estadounidense—el Partido Demócrata—tiene distintas problemáticas, y por el momento sobrevivirá la insurgencia del ala derecha del espectro. El partido finalmente ha cerrado filas detrás de la candidata Hillary Clinton, pero a regañadientes y principalmente para bloquear a Trump. Los Demócratas también se han dividido y han soportado su propia insurgencia, esta vez desde la izquierda en el movimiento que rodeó al Senador Bernie Sanders. En mi opinión, el movimiento no se disipará por el contrario crecerá, especialmente bajo su futuro gobierno, si llega a pasar.

La Sra. Clinton está lejos de ser una figura amada excepto por sus colaboradores y cortesanos. Ella ha sido una formidable e incesante perseguidora del premio presidencial al establecer una máquina electoral que es más efectiva con respecto a su propia operación que con los objetivos hacia los cuales se aplica, salvo la búsqueda del poder por el poder mismo. La Fundación Clinton es un buen ejemplo: es un inteligente andamiaje para trepar hacia el poder, con el trabajo caritativo como efecto colateral. Más aún, la naturaleza instrumental de su personalidad y sus acciones son demasiado evidentes como tales y, por ende, incapaces de despertar entusiasmo. Dado el desbarajuste Republicano, bajo un gobierno de Clinton, el Partido Demócrata se transformará en el partido de la clase dirigente y del status quo, pese a endulzar el mantenimiento del sistema con un número de iniciativas progresistas que no irán al corazón de los problemas que afligen al capitalismo: severa inequidad, avance de la automatización, decaimiento de la infraestructura, crecimiento alimentado en base al endeudamiento y la pobre educación del pueblo. Detrás del aparato de Clinton están los pilares de la clase dirigente: los medios de comunicación, los sectores altamente sofisticados en materia tecnológica, el mundo financiero y por supuesto Hollywood. Es un ancien regime (antiguo régimen) haciendo gestos reformistas, con María Antonieta transformada en analista política.

Un futuro gobierno de Clinton indefectiblemente hará retroceder la insurgencia de extrema derecha y fortalecerá algunas instituciones (ninguna democrática por cierto) que contendrán la temeridad populista, en particular los militares y la Corte Suprema. Esto podrá dar tiempo y espacio para que un movimiento más racional y verdaderamente progresista se conforme y crezca. Esto es apenas un atisbo de un espectro de esperanza: la reforma de los Republicanos en partido conservador en vez de ser una facción neofascista y la emergencia de una bien organizada y aggiornada izquierda con o sin los Demócratas.

De una forma u otra, en el mediano plazo el sistema político estadounidense luchará por seguir rengueando y el país confrontará una serie de impasses estratégicos alrededor del mundo. Al interior, los partidos de Estados Unidos podrán ser capturados por movimientos mientras en el extranjero la arena internacional será testigo de múltiples confrontaciones entre las naciones mucho menos hábiles que antes para despertar apoyos de los bloques o llegar a consensos razonables sobre los desafíos que nos afectarán a todos. En términos geopolíticos, hemos regresado a un viejo “balance de poder”, a la Realpolitik y al universo hobbesiano del conflicto generalizado.

De una forma u otra, el próximo gobierno estadounidense por cualquiera de los partidos (o lo que queda de ellos) será probablemente una presidencia de un solo período: si fuera por los así llamados liberales, tendrá una cobertura de simulada corrección política; si fuese por los denominados conservadores, tendrá como cobertura la cacería de brujas y chivos expiatorios. Mientras tanto, en muchas partes del mundo la vida de los hombres y mujeres seguirá siendo desagradable, brutal y corta.

No me hubiese gustado vivir en la Europa post-romana del siglo V y tampoco ambiciono pasar los años que me restan en un mundo post-estadounidense que ha perdido su brújula. Pero al final, alguna brújula se encontrará y otro globalismo emergerá de la confusión del presente. En los próximos artículos, trataré de establecer nuevos focos de luz en el ocaso de occidente.

[1] . En este artículo utilizo las versiones con mayúsculas y minúsculas de “republicano” y “demócrata”. En el caso de las mayúsculas, los términos Republicano y Demócrata refieren a los partidos políticos estadounidenses, mientras que los términos republicano y demócrata en minúsculas refieren a conceptos y tradiciones ya consolidados en la teoría política.

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